Cuando llegué a Sevilla en enero, el primer libro que leí fue “Cuentos Para Pensar” de Jorge Bucay. Durante mi primera semana, mientras que me acostumbraba a mi nueva ciudad, me levantaba a las ocho y caminaba hasta los bancos de la Plaza de España para leer antes de que mis clases empezaron, admirando tanto las palabras de Bucay como la arquitectura sevillana.
Con un mensaje muy parecido con “El Alquimista” de Paulo Coelho, la cuenta “El Buscador” de Bucay ha tenido una gran influencia en mi vida. Para las personas que todavía no han leído la cuenta, “El Buscador” se habla de un buscador quien camina por una ciudad llamada Kammir. Mientras que él marchaba por los caminos a Kammir, un pueblo en la distancia llamó a su atención y el buscador se detiene para mirar a los montones de árboles, pájaros y flores encantadores del pueblo. A pesar de toda la belleza natural del pueblo, hay una cosa específica que llama la atención del buscador: Unas piedras blancas que estaban distribuidas entre los árboles.
Con sus ojos de un buscador, el hombre miró a las piedras, leyendo todos los detalles, descubriendo que todas las piedras tenían inscripciones. El primer perteneció a un hombre llamado Abdul Tareg, quien vivió ocho años, seis meses, dos semanas y tres días. Él entendió en aquel momento que estaba en un cementerio. Al lado de la piedra de Abdul Tareg había otra piedra, esta de Yamir Kalib, quien vivió para cinco años, ocho meses y tres semanas. En ese momento, el buscador se sintió un gran horror, realizando que el más tiempo vivido por las personas enterradas en el cementerio sobrepasaba apenas once años.
“Yo quería divertirme tanto en Sevilla que al final, después de mis cuatro meses, podría abrir mi libreta hipotética y sumar todo el tiempo y acabar por decir que me disfrute cada segundo del semestre.”
Mientras que el buscador lloraba, triste para todos los niños que han muerto tan joven, el cuidador del cementerio se acercó y el hombre le preguntó al cuidador porque tantos niños del pueblo han muerto. Sonriendo, el cuidador respondió, diciendo al hombre que no había ninguna maldición, y que lo que pasa es que en el pueblo, las personas tienen una vieja costumbre donde los jóvenes reciben libretas de sus padres, y que cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abren la libreta y anotan la cosa que han disfrutado y cuánto tiempo duró su felicidad. Así, las personas anotan cada momento que disfruten, y después, cuando ellos se mueren, pueden sumar el tiempo que han disfrutado para saber su verdadero tiempo vivido.
Después de leer esta cuenta, tomé un momento para reflexionar sobre mi tiempo limitado en Sevilla. Con Bucay en mente, quería disfrutar cada segundo posible, especialmente porque durante mis primeros días en Sevilla, he pasado algún tiempo en mi habitación solo, viendo una serie en mi portátil porque tuve miedo de salir y explorar la ciudad que todavía no conocía. Este miedo, combinado con mi deseo para quedar en mi zona de confort, fue un gasto de mi tiempo, y sinceramente fue algo que podía hacer en mi casa en los Estados Unidos. Me di cuenta de que no quería pasar mi tiempo mirando a una pantalla, y que quería caminar por mi barrio, probar nueva comida y conocer a nuevos amigos. Yo quería divertirme tanto en Sevilla que al final, después de mis cuatro meses, podría abrir mi libreta hipotética y sumar todo el tiempo y acabar por decir que me disfrute cada segundo del semestre.
“Realizando que mi tiempo en Sevilla fue algo limitado, que podría pasar rápidamente, hice todo para garantizar mi felicidad. Y eso es lo que paso porque hoy, meses después de volver a los Estados Unidos, miro hacia atrás y estoy agradecido para los cuatro meses de verdadero tiempo vivido que tuve en Sevilla.”
Después de adoptar esta actitud donde quería disfrutar cada minuto en Sevilla, nunca volví a ver mi serie o quedé solamente en mi dormitorio mientras había una oportunidad de divertirme. El miedo de reflejar a mi semestre en Sevilla años después y realizar que pasé tiempo en cosas aburridas me inspiró para hacer todo posible para hacerme feliz. Por eso, asistí a cuatro partidos de mi amado Real Betis. Por eso, fui a mi primer corrida de toros. Por eso, viajé por todo Andalucía. Por eso, me vestí en mi ropa elegante y fui a la Feria de Sevilla. Por eso, comí nuevas comidas y bebí nuevas bebidas. Realizando que mi tiempo en Sevilla fue algo limitado, que podría pasar rápidamente, hice todo para garantizar mi felicidad. Y eso es lo que paso porque hoy, meses después de volver a los Estados Unidos, miro hacia atrás y estoy agradecido para los cuatro meses de verdadero tiempo vivido que tuve en Sevilla.
